
Sin abrir los ojos, elevo su cuerpo hasta quedar sentada en aquella cama de estilo oriental. ¿Por qué se quedaba? Era algo que ni ella misma sabia.
Pensó libremente en todas aquellas librerías que había recorrido en los últimos años, estos últimos tiempos de viajes y de supuesta alegría.
Y pudo verse, contemplando con vergüenza y humillación como se colaba en el pasillo de libros de autoayuda, si justo en ese pasillo del que solía reírse y mofarse en esas conversaciones seudo intelectuales que solía mantener con un montón de gente que al rato ni siquiera recordaba.
Si, esa era su prostituta verdad, en cada ciudad, en cada gran multitienda, podía ver como sus pies pequeños se encaminaban hacia ese lugar donde la sátira de su existencia se hacia carne mofándose burlonamente a su lado. Con esa pregunta seseada adrede desde su útero mismo, ¿Estas triste? Esa voz en su cabeza que tan bien la conocía y que ella tan bien ocultaba. Como algo que puede parecer tan insignificante, puede provocarte esto. Una nausea irreverente sobre ti misma. Y tu perfecta vida. Mentira. Todo era una mentira. Pero entonces… ¿Por qué se quedaba? Aun ninguna teoría terminaba por dejarla satisfecha.
Una luz demasiado caliente le hizo percatarse del sol que había detrás de sus parpados todavía cerrados. Un color rojo que detestaba. La tentación de volverse sobre si misma y ocultarse entre los almohadones sobrevino, sobrevino con esa punzada de angustia en el estomago como todas las mañanas. No sabía que detestaba más, ese sentimiento de vacío existencial en el que deseaba simplemente no existir, sin ánimos ni siquiera para suicidarse. Tomar esa hoja de afeitar barata y enterrarla en su carne. En esas muñecas blancas y recorridas por cicatrices mas antiguas.
Enterrarla y ver como la sangre corría. Ya lo había intentado una vez, pero bueno aun seguía ahí.
Seguía ahí con esa sensación de que nada podría cambiar su universo, y recordó la fiesta. Y aquella canción de los 70, donde un tipo de lentes redondos, rezaba nada cambiara mi mundo. Patético. Patético. Sintió como una lagrima comenzaba a anudarse en la garganta y correr por esas mejillas que ya no tenían 20 años.
Dejo que la lágrima cayera. Dejo que sus parpados recibieran esa luz roja del sol que no toleraba. Sintió la brisa que se colaba por el pequeño espacio de la ventana y el enrejado que la protegía.
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Se sintió desnuda. Sabia que estaba desnuda. Paso la palma de su mano por su cuerpo, para estar segura. Últimamente dudaba de todo. Presiono su pecho con fuerza y en línea recta bajo por su abdomen hasta su sexo, presionando con fuerza la piel de sus piernas. Si estaba desnuda. Desnuda y viva. Aun estaba viva. Mantenía sus ojos cerrados, no quería abrirlos. Se oponía a ese impulso instintivo, automático de abrir los ojos al despertar, pues ya sabia con que se encontraría, y la realidad se le enterraría en el alma como una navaja afilada.
¿Desde cuando, que se encontraba así?, no lo sabia. ¿Cuánto tiempo había logrado dormir? ¿Qué día era? ¿Por que preguntárselo?, Además poco le importaba. Desde hace tanto que ya nada le importaba. Nada la removía realmente.
Fija, estática, desnuda por dentro, desnuda en la carne, así estaba. Cuatro años. Cuatro años de sentarse en las mañanas sin más sentido que obligar a sus piernas a erguirse y obviar el nudo ciego de su garganta, el vacío en su vientre, la cicatriz invisible en su rostro y su falta… su eterna falta.
¿Y si lo contase, acaso alguien podría entenderlo?
Desde que el se había ido. Desde que ella que ella había huido. Sabría el acaso, lo que había sucedido. Nothing gonna change my World… la fiesta, la fiesta una y otra vez. Y el recuerdo de aquellos últimos seis días a su lado. Dios no les dio un séptimo día para observar y contemplar el infierno mutuo que habían creado, a la par. Ella con sus lágrimas. El, el con su mentira. Con su mentira y aquel abandonarla antes de que todo terminase.
Cuantas promesas rotas, cuanto silencio en esa habitación donde hoy desnuda sentía como ya aquella primera lagrima, se había multiplicado y el llanto explotaba de sus ojos, de aquellos globos oculares, que se negaban a mirar, a ver. Pues el no estaría ahí, ni siquiera para gritarle, ni para detenerla, ni para amarle, ni para odiarle, ni para golpearle.
Ya no recordaba muy bien desde cuando estaba ahí. Una brisa fría entro por entre los blancos visillos de aquellas cortinas de lino egipcio.
Recordaba que el la había envuelto en ellas antes de comenzar a tocarla.
Aun podía sentir la suavidad de la tela en su piel, y su respiración entrecortada.
Se pregunto donde estaría el ahora.
Su cuerpo desnudo se levanto lentamente de la cama. Sin levantar la cabeza.
Abrió las palmas de las manos sobre sus piernas juntas, rectas, rígidas. Aquellas piernas rellenas que se oponían a dar un paso. A moverse, con cualquier sentido, en cualquier dirección.
Sin entender muy bien porque lo hacia, extendió las palmas de esas manos blancas y pequeñas. Como si ya no fueran parte de ella. Como si ya hace mucho la hubiesen abandonado.
Cerró los ojos y empujo su cabeza hacia atrás mientras, aquellas palmas se transformaban en pequeños seres con una voluntad propia. Mientras recordaba aquel día caluroso de diciembre sintiéndose una dulce y pérfida cleopatra, envuelta en el lino que hoy no dejaba sino entrar el frío por la ventana entre abierta.
Mientras mariposas nacían de sus manos frágiles.
Mientras las lagrimas marcaban llagas a través de su cuerpo marcado por los recuerdos.
¿Acaso alguna vez me atreveré a contar nuestra historia?
Te amo. Siempre lo haré aunque nadie lo entienda.
Átame de nuevo con tus telas orientales, y bañarme con el agua fría de tus ojos, mientras mi cerebro deja de galopar, dándole pura rienda al instinto de mi deseo absurdo, nunca podríamos poseernos, demasiado libres para ello.
Nunca podría dejar de escribirte, ser imaginario de mis sueños cadenciosos y soberbios, aunque por ello termine quemando mi alma, aniquilando mi cuerpo, perdiendo siempre por ti, esta abulica y pasiva cordura, que todos celebran, pero que a nosotros nos asqueaba hasta hacernos huir a nuestro universo paralelo.
